Los sabores y olores de la infancia
En una escena de la película Ratatouille, el crítico culinario pide que se le sirva un plato que le sorprenda. El "Chef" héroe de la película le prepara el sencillo plato que da nombre a la película, ratatouille. Cuando el crítico, sorprendido por la elección, prueba el plato se ve instantáneamente transportado a los momentos felices de su infancia cuando su madre le preparaba el mismo plato.
Esos olores y sabores de la infancia están grabados en nuestra memoria y nos asaltan con fuerza vívida en seleccionadas ocasiones. Por ejemplo, a mi me pasa lo mismo con la sopa de ajo de mi madre y su exquisita combinación de ajo, pimiento y comino, sobre todo ese olor a comino y ajo que inunda la cocina cuando el agua empieza a hervir. En cuanto lo huelo me siento transportado a cuanto tenía cinco años y mi abuelo cenaba todas la noche su plato de sopa de ajo; efecto instantáneo. Mucho se ha hablado del poder evocador de los olores (y los sabores), ya decía Marcel Proust:
Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más, persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.
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